Accidentes de tráfico, sobredosis, suicidios, asesinatos. Miles de cuerpos. Pero cuando le pregunté qué se recuerda para siempre, guardó silencio.
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Luego contó.
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«No es lo que piensas. No son las heridas terribles ni los rostros desfigurados. Los que se recuerdan son los más comunes.
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Una chica joven, 25 años. Bonita, arreglada. Ni un solo rasguño. Solo yace ahí, como si durmiera. A su lado, una nota: “Mamá, perdóname.”
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Un hombre con traje caro, unos 40 años, cuerpo atlético. En el bolsillo, una foto de su hija con la dedicatoria: “El mejor papá del mundo.”
Infarto en el gimnasio.
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Una abuela con las manos llenas de arrugas, pero las uñas — una manicura perfecta, con dibujitos. Su nieta se la había hecho el día anterior.
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¿Sabes qué los une? Todos tenían planes. Entradas para el cine. Citas con el médico. Mensajes sin terminar en el teléfono.
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Una mujer estaba cocinando borsch. Las verduras ya cortadas sobre la mesa cuando la encontraron. En la lista de compras ponía: “pan, leche, flores para mamá por su cumpleaños.”
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Un chico de 20 años. En la mochila — libros y un regalo para su novia. Un anillo. Iba a pedirle matrimonio.»
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Olivia dijo: «Los cuerpos terribles no asustan. Te acostumbras. Pero la gente común, con planes comunes… ellos ponen la piel de gallina. Te das cuenta de que entre la vida y la muerte hay solo un respiro.»
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Ahora, cada mañana pienso: ¿y si hoy es el último día? ¿Qué no he dicho aún? ¿A quién no he abrazado?
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La muerte no avisa. Simplemente llega y se lleva. En medio de un día cualquiera, de planes cualquiera, de una vida cualquiera. © mamasota_furia


















