En la ciudad de Nizhni Nóvgorod, Rusia, vivía Anatoly Moskvin, un historiador y lingüista brillante, experto en cementerios antiguos y políglota en más de 10 idiomas.
Anatoly era respetado, solitario y obsesionado con la historia, pero escondía un secreto inimaginable. En 2011, la policía entró a su departamento mientras investigaba una serie de profanaciones de tumbas.
Una vez, investigando sobre su conducta, lo que encontraron adentro fue algo salido de una pesadilla: más de 25 cuerpos momificados de niñas, vestidos como muñecas, con rostros maquillados, pelucas, ojos de porcelana y ropa infantil.
De este modo, Moskvin confesó que robaba los cuerpos de niñas entre 3 y 12 años de los cementerios locales.
Decía que las “adoptaba”, que las consideraba sus “hijas”, y que dormía junto a ellas, las sentaba a cenar y les celebraba cumpleaños.
Por eso, cuando lo arrestaron, explicó con calma que su intención no era profanar, sino “darles una nueva vida”.
Según sus palabras:
“Las niñas muertas están solas. Yo solo quería que no se sintieran olvidadas.”
Los investigadores descubrieron diarios detallando cada exhumación, instrucciones de embalsamado y notas donde se refería a las niñas por nombre y personalidad imaginaria.
Fue declarado mentalmente enfermo y enviado a un hospital psiquiátrico, donde aún permanece. Nunca mostró arrepentimiento


















