El simple hecho de tener una orientación sexual no normativa, de acuerdo lo expresa Redes LGBT, hace crecer entre 5% y 19% las probabilidades de recibir una negativa de empleo y casi 19% más de probabilidades de sufrir violencia en un centro de trabajo, en comparación con una persona cis, según un estudio de la mexicana Comisión Nacional de Salarios Mínimos.
Esto quiere decir que 2 de cada 10 personas de este colectivo sufren comentarios ofensivos o burlas, exclusión de eventos o actividades sociales, acoso, golpes, agresiones o amenazas.
A pesar de que los datos son del país azteca, extrapolarlos solo significa que nuestra realidad es parecida. Así que no es difícil entender por qué muchos trabajadores no suelen “salir” del clóset en el trabajo. Y esto, más allá de lo que implica que una persona no pueda asumir su identidad en plenitud en un espacio tan esencial como lo es el laboral, tiene una consecuencia directa que pocas empresas están registrando, y es que cada persona que decide no revelar su identidad difícilmente puede desempeñarse al máximo de su capacidad.
Un estudio publicado por la Southern Management Association muestra que las personas LGBT deciden revelar u ocultar su identidad en función de la aceptación de su interlocutor, el clima organizacional y las políticas de la empresa. Esto tiene un costo en energía cognitiva; es decir, esa que debería estar puesta en resolver problemas, crear o tomar decisiones.
Parte de su atención está enfocada en protegerse. Tiene un costo en participación, porque es menos probable que opinen, cuestionen o se expongan. Y tiene un costo en desarrollo profesional, porque cuando ser visible implica un riesgo, también podría implicarlo levantar la mano, liderar o aspirar a crecer dentro de una organización. Una piedra en el camino que se hace cada vez más grande.


















