David Berkowitz alias “el hijo de Sam”

Hoy toca hablar de uno de los asesinos seriales más infames y de los que más a mermado en la cultura popular de los estados unidos.

En el verano de 1976, los neoyorquinos estaban aterrorizados: un asesino andaba suelto, apuñalando y disparando a varias mujeres, principalmente jóvenes. Más tarde se descubrió que el autor era David Berkowitz, de 22 años, quien, a través de las cartas dejadas en las escenas del crimen, se mitificó a sí mismo como el “Hijo de Sam”.

Los medios de comunicación también se aferraron a ello, y pasaron de llamarle “el asesino del calibre 44” (por el arma que utilizó en sus ataques) a utilizar el mismo apodo en sus titulares. Además de cimentar su nombre en el salón de la fama del mundo criminal, el apodo también sirvió casi para desvincularlo de sus atroces crímenes, sobre todo porque Berkowitz afirmaba que era Sam, el perro de su vecino, quien había sido tomado por una fuerza demoníaca y le ordenaba llevar a cabo los asesinatos.

A partir de finales de 1975, Berkowitz comenzó su racha de crímenes violentos. Apuñaló a dos jóvenes -que sobrevivieron- en Nochebuena, y siete meses después, el 29 de julio, disparó a Donna Lauria, de 18 años, y a Jody Valenti, de 19, que estaban sentadas en un coche en el Bronx. Lauria murió, pero Valenti sobrevivió y pudo dar a la policía una descripción del asesino.

En octubre, Berkowitz disparó a otra pareja en un coche en Queens, Carl Denaro y Rosemary Keenan. Ambos sufrieron heridas -Denaro necesitó una placa de metal para reemplazar parte de su cráneo- pero ninguno vio a Berkowitz para identificarlo. En noviembre, disparó a las estudiantes de secundaria Donna DeMasi y Joanne Lomino, y en enero de 1976 volvió a atacar, disparando a John Diel y matando a su prometida, Christine Freund. A estas alturas, la policía de Nueva York empezaba a establecer un patrón en los asesinatos, en particular que en todos los crímenes se utilizaba un arma del calibre 44. Pero la escasa identificación de los testigos era poco fiable, ya que uno de ellos afirmaba que el autor de los disparos tenía el pelo rubio, mientras que otro decía que tenía el pelo negro, lo que llevó a algunos policías a creer que se trataba de varios criminales diferentes.

El 8 de marzo, la estudiante de la Universidad de Columbia Virginia Voskerichian recibió un disparo en la cabeza y murió al instante, mientras que en abril Alexander Esau y Valentina Suriani fueron también asesinados. Pero junto a sus cuerpos, Berkowitz dejó su primera carta, un torrente de conciencia principalmente incoherente que primero se refería a sí mismo como Hijo de Sam y también decía: “Estoy profundamente dolido por que me llamen odiador de mujeres. No lo soy. Pero soy un monstruo. Soy el “Hijo de Sam”… Cuando el padre Sam se emborracha se vuelve malo… A Sam le encanta beber sangre. “Sal y mata” ordena el padre Sam… Soy el “Chubby Behemouth”. Me encanta cazar. Merodeando por las calles en busca de carne de caza sabrosa. Los mujeres de Queens son las más bonitas de todas. Yo debo ser el agua que beben”.

A pesar de que las cartas se publicaron en el New York Daily News y de que se hizo un llamamiento para obtener cualquier tipo de información, se cumplió el aniversario del primer asalto de Berkowitz y, en junio y julio, disparó a otras cuatro personas: Sal Lupo, Judy Placido, Robert Violante y Stacy Moskowitz, que murió más tarde.

Cacilia Davis, sin saberlo, pasó por delante de la escena del crimen de Violante y Moskowitz, y del propio Berkowitz y su coche, y avisó a la policía y al agente que había estado multando a los coches de la zona esa noche, incluido el de Berkowitz. Fue detenido el 10 de agosto, y en su coche encontraron un rifle, una bolsa de munición, mapas de la escena del crimen y más cartas con amenazas. Luego, la policía descubrió la pistola del calibre 44. Según los informes de la época, Berkowitz dijo con una sonrisa en la cara: “Bueno, me han atrapado”.

Confesó todos los asesinatos mientras estaba bajo custodia policial, y fue aquí cuando por primera vez hizo correr la idea de que estaba controlado por un perro demoníaco llamado Sam.

Berkowitz fue evaluado para poder ser juzgado -a pesar de que sus abogados se negaron a que se declarase inocente por razones de locura- y se declaró culpable.

En el juicio de Berkowitz, éste intentó saltar por una ventana de la sala, y escribió “no estoy bien, no estoy nada bien” en un cuaderno de dibujo, pero a pesar de ello, fue juzgado, declarado culpable y condenado a 25 años de prisión por cada asesinato, que se cumplirían consecutivamente. Compartido por Luis Oscar Romero Sánchez.