A comienzos del siglo XX , según explica Ciencias de bolsillo, un técnico de rayos X del Royal London Hospital dejó sin saberlo un estremecedor testimonio del precio del progreso. En esta impactante fotografía, tomada alrededor de 1900, se observa una mano con uñas deformadas, piel endurecida y heridas profundas, marcas provocadas por la exposición constante a la radiación.
Lejos de tratarse de un accidente esta era una práctica habitual.
De este modo, cada día los técnicos colocaban sus propias manos bajo los rayos X para calibrar y comprobar el funcionamiento de las máquinas. No era un acto de imprudencia, sino consecuencia de una realidad; en aquella época todavía se desconocían los verdaderos peligros de la radiación.
Lo que entonces se consideraba un extraordinario avance científico terminó revelando un lado mucho más oscuro.
Posteriormente, con el paso de los años numerosos pioneros de los rayos X desarrollaron graves lesiones, enfermedades crónicas y en muchos casos perdieron extremidades.
Asimismo, gracias a esos dolorosos aprendizajes, hoy existen estrictas medidas de protección que recuerdan que en ocasiones el avance de la ciencia también ha exigido un enorme sacrificio humano.


















