En 1930, el hospital de Key West en Florida fue testigo de la obsesión más perturbadora de la medicina. El radiólogo alemán Carl Tanzler, de cincuenta años, conoció a María Elena Milagro de Hoyos, una hermosa joven cubana de veinte años enferma de tuberculosis.
Con el tiempo, al verla, Tanzler enloqueció pues ella era la mujer que sus visiones infantiles le prometieron como alma gemela.
Por ello, convencido de que su destino era salvarla, la cortejó con joyas y tratamientos experimentales. Sin embargo, la ciencia fracasó y Elena murió en octubre de 1931, sumiendo al doctor en una demencia absoluta.
Luego, Tanzler , según narra Historia inédita, pagó un ostentoso mausoleo y lo visitó cada noche durante dos años, jurando que el espíritu de la joven le cantaba desde el más allá, suplicándole que la rescatara de su fría tumba.
Por ello, en abril de 1933, cediendo a su locura, el médico cometió un acto sacrílego pues profanó la cripta en la oscuridad, cargó el cadáver podrido en un carrito de mano y lo escondió en su propio hogar.
Posteriomente, lo que ocurrió durante los siguientes siete años desafía cualquier película de terror pues Tanzler reconstruyó el cuerpo putrefacto para crear una macabra muñeca viviente. Allí, unió los huesos con alambres de piano, colocó ojos de vidrio en las cuencas vacías y reemplazó la piel descompuesta con seda empapada en cera y yeso.
Asimismo, para preservar lo que quedaba de ella, utilizó diversos materiales para estabilizar la estructura del cuerpo y aplicó fragancias constantes para enmascarar los efectos de la descomposición.
Con el tiempo, el médico mantuvo esta situación en secreto en su domicilio hasta que, en 1940, la hermana de Elena descubrió el macabro hallazgo. El caso llegó a los tribunales, pero debido a que el delito de profanación había prescrito, Tanzler no enfrentó una condena de prisión.


















