El estadounidense Richard Rogers, apodado el “asesino de la última ronda”, cometió una serie de crímenes brutales en Nueva York durante los años 90.
Su modus operandi era claro: elegía a hombres homosexuales en bares nocturnos, los contactaba al final de la noche y luego los asesinaba con extrema violencia, desmembrando sus cuerpos y abandonándolos en bolsas de basura.
Durante años logró evadir a la justicia hasta que, en 2001, avances forenses permitieron vincularlo con varios homicidios. Fue condenado a cadena perpetua, dejando un caso que marcó profundamente a la comunidad por su nivel de crueldad.


















