La respuesta es SÍ. Según la sociologa Cecilia Bizzotto al menos, el 25% de los hombres reconoce haber fingido un orgasmo en su vida, la presión por el rendimiento y la falta de comunicación nos llevan a hacerlo con más frecuencia de la que admitimos.
No somos capaces de identificar un orgasmo en la pareja. Mientras el 56% de las mujeres está segura de que su compañero nunca finge, solo el 38% de los hombres tiene esa misma seguridad sobre ellas, esta falta de certeza alimenta un ciclo de inseguridad donde el orgasmo se convierte en una meta obligatoria para validar la masculinidad, en lugar de ser un proceso de disfrute genuino.
El consumo de pornografía impacta directamente nuestra respuesta fisiológica, un 23% de los hombres menores de 35 años reportan algún nivel de disfunción eréctil. Esta realidad física, sumada a una latencia de eyaculación promedio de solo 3 a 5 minutos, genera una ansiedad que muchas veces se resuelve «actuando» el final para evitar cuestionamientos sobre nuestra virilidad o salud.
¿Por qué se finge? En nuestra cultura vivimos una sexualidad finalista donde no obtener orgasmo se asocia a no haber obtenido placer, cuando no es así. En ocasiones, se finge para coincidir con el orgasmo de la pareja, ya que muchas veces se entiende el orgasmo simultáneo como el sumun del placer, como se muestra en tantas películas.
Cuando se finge un orgasmo se engaña a la pareja y a uno mismo. Si se realiza habitualmente, impide el disfrute de la relación, supone una falta de franqueza hacia la pareja y podría incluso derivar en disfunciones que supondría una afectación real, como la eyaculación retardada, por ejemplo.
El placer femenino, en las relaciones heterosexuales, se sigue asociando a las habilidades masculinas junto a la hipersexualización de los varones, genera una intensa ansiedad que afecta su respuesta sexual genital y dificulta el desencadenamiento de orgasmos.


















