La muerte no es un evento estático, sino el inicio de un proceso biológico fascinante y complejo.
De este modo, el proceso comienza apenas minutos después del último aliento con la autolisis, donde las células se descomponen por sus propias enzimas.
Luego, a las 24-72 horas, los órganos internos comienzan a descomponerse, y entre 3 y 5 días después, el cuerpo entra en la fase de hinchazón por gases acumulados.
Por eso, un cuerpo expuesto al aire libre puede reducirse a un esqueleto en apenas unas semanas o meses, dependiendo de factores críticos como la temperatura, la humedad y la presencia de insectos.
En cambio, si el cuerpo está enterrado a una profundidad estándar de casi dos metros en un ataúd convencional, el proceso es mucho más lento, pudiendo tardar entre 10 y 15 años en quedar únicamente en huesos.
Factores como la acidez del suelo, el embalsamamiento y el material del féretro pueden extender este tiempo por décadas.
Es un recordatorio asombroso de la eficiencia de la naturaleza para reciclar la vida en todas sus formas.


















