En algunos cementerios escoceses, las tumbas están cubiertas por pesadas rejas de hierro. No se trata de ornamentación, sino de estructuras llamadas mortsafes: verdaderas jaulas diseñadas para proteger a los muertos… o quizás, para proteger a los vivos.
Durante el siglo XIX, el auge de las escuelas de medicina y la escasez de cuerpos para disección generaron un negocio clandestino: los resurrectionists, que desenterraban cadáveres recién sepultos para venderlos a los anatomistas.
Ante el miedo al saqueo (y también al posible retorno de los muertos, según las creencias populares), surgieron estas jaulas de hierro que se colocaban sobre las tumbas durante los primeros meses del entierro, hasta que el cuerpo ya no resultara útil para los traficantes.
Hoy, algunas mortsafes aún se conservan en cementerios como Greyfriars Kirkyard, en Edimburgo. Silenciosas y oxidadas, parecen recordarnos que la línea entre el descanso eterno y el miedo humano nunca fue del todo clara.



















