Seguramente te pasó: estás sola, dejás algo en un lugar específico, te das vuelta y desaparece. Lo buscás por todos lados, te empezás a poner nerviosa, y de repente, como por arte de magia, aparece exactamente donde habías mirado al principio. Y no, no es que tengas mala memoria.
Nos acostumbramos tanto a vivir desconectados del misterio que olvidamos una regla básica de la magia antigua: las casas no son solo ladrillos y muebles. Son ecosistemas vivos. Todo espacio físico tiene un guardián, una consciencia energética que en muchas tradiciones se terminó resumiendo en la palabra «duende». Pero no estamos hablando de un muñequito de resina, estamos hablando de entidades elementales reales que comparten el territorio con vos.
Estos espíritus del hogar son guardianes silenciosos, pero tienen un límite. Son como esponjas. Si tu casa viene cargada de peleas, de estrés, de tristeza estancada o de visitas con mala vibra, ese guardián se desequilibra. Su forma de avisarte que la energía del lugar está densa es a través de las travesuras: te esconden el celular, hacen crujir los muebles de noche, o sentís pasos cuando todos duermen. Te están pidiendo a gritos que limpies el ambiente.
¿Cómo te das cuenta de que están conviviendo con vos?
Prestá atención a lo sutil. A veces es un olor dulce que aparece de la nada, una sombra rapidísima que captás por el rabillo del ojo, o tu gato quedándose fijo mirando a la nada misma en una esquina del techo (los animales tienen ese filtro totalmente limpio).
Si sentís esa presencia, o si te esconden las cosas a cada rato, es momento de hacer las paces. Elegí un rincón tranquilo, preferentemente en la cocina o cerca de una planta, y dejales una ofrenda. Un caramelo sin el papel, un platito con miel o un chorrito de leche. No es darles de comer físicamente, es un acto diplomático. Es decirles: «Reconozco que están acá, los respeto y vengo en son de paz». Cuando hay respeto mutuo, pasan a proteger la puerta de tu casa de cualquier energía oscura. © conatespiritual

















