Son una pareja lesbiana que se eligió, se sostuvo y creció dentro de un mundo que históricamente le pidió a las mujeres —y especialmente a las lesbianas— que se callen, que se oculten, que no incomoden.
Se conocieron jugando hockey.
Compartieron vestuarios, entrenamientos, derrotas, triunfos.
Cinco años de amor en un deporte duro, físico, exigente.
Cinco años demostrando que amar a otra mujer no te quita fuerza: te la da.
Hoy están comprometidas.
Y hoy también saben que, en los Juegos Olímpicos, se van a enfrentar como rivales, representando a países distintos.
No porque el amor se rompa.
Sino porque el profesionalismo también es parte de respetarse.
En el hielo serán enemigas.
Fuera de él, seguirán siendo lo que siempre fueron: dos lesbianas que eligieron no esconderse.
Su historia importa porque no es una excepción romántica, es una grieta en el sistema.
Porque durante décadas el deporte castigó la visibilidad lésbica.
Porque todavía hay atletas que pierden contratos, seguidores o silencio cuando aman en público.
💚 Anna y Ronja existen donde muchas quisieron borrarnos: en la elite, en la competencia, en la transmisión global.
💚 Sin armarios. Sin disculpas. Sin metáforas.
💚 Esta no es solo una historia de amor.
💚 Es una historia de resistencia.
De cuerpos lesbianos ocupando un espacio que siempre se nos negó.
Y cuando el mundo las mire chocar por una medalla, también estará mirando algo más grande:
💚 que el amor entre mujeres no debilita
💚 que la visibilidad no es un capricho
💚 que también tenemos derecho a soñar en grande
Porque amar a otra mujer y competir al máximo nivel no son opuestos.
Son parte de la misma lucha.


















