En 1975, una chica de 10 años se fotografió desnuda en una bañera bajo el lente del fotógrafo Garry Gross. Su nombre era Brooke Shields.
Previo a la sesión, su madre y responsable, Teri Shields, firmó dos autorizaciones. De acuerdo con lo indicado en el caso, estas permitían a Gross usar, difundir y volver a publicar las imágenes sin limitaciones.
Gross las vendió por 450 dólares a Playboy Press, que las incluyó en un libro titulado Sugar and Spice. No fue una edición de la revista Playboy, como suele repetirse.
Las fotografías no se limitaron a ese proyecto. Como se detalla en la decisión judicial, aparecieron en otras revistas e incluso como carteles gigantes en la vitrina de una tienda en la Quinta Avenida, con el conocimiento de Brooke y su madre.
En 1981, Teri y Brooke pusieron una demanda para detener su distribución. El juez Edward Greenfield desestimó la demanda, aunque le prohibió a Gross vender las imágenes a publicaciones pornográficas. Teri comentó que al verlas en el escaparate le parecieron hermosas, pero que también le causaron malestar.
El 29 de marzo de 1983, cuando Brooke ya tenía 17 años, el Tribunal de Apelaciones de Nueva York decidió con un resultado de 4 a 3: las autorizaciones eran válidas y no tenían un límite de tiempo. Una menor no podía anular lo que había firmado su tutela.
De acuerdo con el tribunal, Brooke nunca afirmó que las fotos fueran pornográficas. Mencionó que ya no la representaban y que involucraban una invasión a su privacidad.
Así surge la pregunta que genera controversia. ¿Qué tiene más peso: la firma de una madre que, según su relato, pensó que autorizaba algo específico, o el caso de una niña de 10 años que no tuvo voz ni decisión?. Fuente: upso.elenigma













