Vigorexia y redes: la hegemonía del cuerpo gay en cuarentena

Por Lucas Gutiérrez. Para quienes estamos pasando el aislamiento en casa, una de las consecuencias es la sobreexposición a las pantallas. En éstas, los cuerpos hegemónicos reciben los ‘me gusta’ sin chistar. En las historias se alternan los memes gordo-odiantes con las rutinas fit de quienes hacen deporte para luchar contra este fantasma estético que construyen.

“Ya empecé a echar panza”, escribe bajo su foto de Adonis en cuarentena un cisvarón gay  sobreactuando el drama y el beboteo. Abajo los likes le validan la utopía. Afuera estamos los mortales indignándonos con él que no muestra un mínimo de registro y empatía, pero enojándonos también con lo que nos muestra el espejo.

No tenemos muchas opciones: o somos hegemónicos o nos tenemos que volver “positivos” y amar nuestros cuerpos tal y como son.  Ojalá pudiésemos abrazar lo dado y alcanzase con la foto que reza: “este es mi cuerpo y lo amo así”. Pero no es tan fácil. Un cuerpo hegemónico existe y gana. Uno abyecto debe ser la voz de una revolución y la valentía para agradar. Me likean el gesto, no el culo.

Vigorexia

Anorexia y bulimia siempre fueron trastornos alimenticios relacionados a las feminidades. Se debate sobre las imágenes de modelos y artistas y cómo influye en quienes las padecen. Pero los cuerpos de masculinidades también están afectados por esas imágenes utópicas e irreales y la presión y demanda que nos exigen.

La vigorexia es un trastorno que involucra cuestiones de la imagen de la insatisfacción corporal, del patrón del ejercicio físico y del comportamiento alimentario a través del cual las personas piensan que su cuerpo no tiene el suficiente desarrollo muscular. Independientemente de cuán desarrollados estén en su musculatura”, explica Emilio Compte doctor en psicología, profesor/investigador en la Universidad Adolfo Ibáñez (Chile). “Las personas alteran su comportamiento alimentario, su rutina de ejercicio se vuelve disfuncional y tienen un gran malestar porque piensan que hasta que no puedan tener el físico que les gustaría no van a poder realizarse como persona”, dice.

Así como naturalizamos que las feminidades hagan dieta, una masculinidad agrandando los músculos es otro logro y un paso más cercano al estereotipo normativo a alcanzar. ¿Pero en qué momento se habla de la ingesta de esteroides o de los cuerpos que se inyectan aceite? ¿Y de las consecuencias físicas de algunos deportes de alta exigencia realizados en el club de barrio sin un acompañamiento adecuado? No, que nadie hable de esto.  No importa si en el camino queda nuestra salud.

“El trastorno alimentario toma la forma del ideal corporal que vos estés buscando”, explica el doctor Compte. O sea que tengamos el cuerpo que tengamos, si el objetivo es utópico nunca nada alcanzará. Si a una masculinidad se le pregunta si hace ayuno o dietas para bajar de peso y descartamos un trastorno es porque se lo mide con parámetros feminizados del tema.

Es poco común que el hombre, esa construcción social llamada “hombre”, hable de estas situaciones ya que socialmente hay una norma que lo castiga. Misma norma que considera “estos temas” como algo que sólo implica a lo no-hombre. Un artículo académico de 2004 publicado en la Biblioteca Pública de Medicina de Estados Unidos afirma que no existen diferencias relevantes entre varones gays y heteros en términos del tipo de cuerpos que quieren tener y el grado de insatisfacción corporal pero que los varones gays son más exigentes en cuanto al cuerpo que esperan de su compañero.

Y si amigue, yo también quiero lo que me prometen los medios. Es que el ‘cuerpo gay’ para el mainstream es musculado, lampiño, blanco-bronceado, feliz y con su arco iris orgulloso. Los demás, los de otra piel, los flacos, les negres, con diversidad funcional, lxs gordxs, ¿qué somos? el cupo no-hegemónico. En redes y publicidades las cientas de representaciones principales se complementan con algunos pocos “otres cuerpes”. Y si bien me parece muy válido que estemos en sus comerciales y catálogos, parecería que solo podemos ocupar ese espacio, el de lo otro como cotillón, anexo. No se te ocurra desplazar al estereotipo viviente, vos conformate con lo que nos dan.

¿La responsabilidad es el del cuerpo hegemónico o de quien lo legitima?

Si consideramos válido repensar al cuerpo hegemónico también deberíamos preguntarnos: ¿A qué le damos ‘me gusta’? Hace poco yo me indignaba y le gritaba al celular sobre esas corporalidades que scrolleaba y no paraban de aparecer. En ese momento algo dentro mío gritó STOP con la vehemencia de Britney Spears en la canción ‘Crazy’ y me pregunté: ¿en qué momento me puse a seguir todas estas cuentas de cuerpos musculados?

Y eso abrió la catarata de preguntas: ¿a qué fotos le hablo en Grindr? ¿Con qué fotos hago match en Tinder? Y digo ‘fotos’ en vez de ‘personas’ porque hasta que leo un poco su biografía y demás, son eso: una foto.

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No basta con exigirle a la industria que pongan todos los cuerpos, también hay que repensar fuertemente nuestros consumos. Y hablo de “consumos” porque a veces usamos de la misma forma la app de compras del supermercado con las de vínculos sexoafectivos. Agregar chongo al carrito.

Hace un tiempo tuve una cita con un pibe coreano y él todo el tiempo me preguntaba “¿en serio te gustan los asiáticos?”. La verdad es que no entendía por qué la sorpresa. “Estoy yendo mucho al gimnasio para poder dejar de ser categoría ‘asiático’ y pasar a ‘musculado’”, me dijo y ahí comprendí que hacía referencia a las categorías que uno debe completar en las apps de contactos. Nunca supe qué series le gustaban o a quién iba a votar.

Abdominales y depresión: la traición a la resistencia.

Hace un año comencé gimnasia con mi profesor Dante. Cuando lo contaba justificaba que lo hacía porque al trabajar tanto tiempo en la computadora me dolía mucho la espalda. Prefería explicar el efecto del deporte sobre mis hemorroides, todo con tal de no decir uno de los principales motivos: tenía ganas de ser deseable para este sistema perverso y superficial.

Otro buen auto pretexto que me vendía a mí mismo y compraba era lo útil del deporte para la depresión. Es de conocimiento popular la frase de Elle Woods –Reese Witherspoon en ‘Legalmente Rubia’- que reza la máxima: “El ejercicio te da endorfinas, las endorfinas te hacen feliz”. Y la verdad es que ahora sigo haciendo gimnasia, no soy feliz, pero mis fotos suben sus ‘me gusta’ cuando muestro los resultados.

No se trata de reemplazar una hegemonía por otra sino de comprender las estructuras. Algo así le escuché decir a Darío Sztansjnszrajber y adhiero. No soy la nueva hegemonía. No soy la nueva Stacey Malibú AHORA CON ABDOMINALES. Simplemente estoy puliendo mi Lisa Corazón de León para que se parezca más a mi deseo. Y me comprendo no para responderme sino para hacerme cargo de mis contradicciones.

Y esto no deja de sentirse como una traición a la lucha. Soy el meme de Dexter diciéndole a la foto de su casillero “te fallé”. Pero… ¿a quién pongo en la foto? ¿A quién le estoy fallando? ¿A la disidencia? ¿A mi yo con el cuerpo que no me gusta? #BodyPositive como yo lo comprendo no es romantizar lo que no nos gusta sino aprender a querer quienes somos, y yo hoy estoy aprendiendo a querer este cuerpo. Intento.

Hace poco en mi columna radial en la radio de internet FutuRock hablé sobre este tema. Antes para comprender el contexto consulté en mi Instagram sobre cómo se sentían los varones gays con su cuerpo. Ansiedad, depresión, vigorexia, estrés y más fueron las respuestas. Y de dos miradas a mi feed en redes pude comprender por qué.

“Tener insatisfacción con la imagen corporal no tiene que ver con un trastorno porque nadie está plenamente está satisfecho con su imagen corporal. Todas las personas tenemos cierto grado de insatisfacción corporal. El problema es cuando esto no nos permite hacer cosas o te hace sentir obligado a hacer otras”, explica el Dr Compte. La gran mayoría de nosotres está inconforme con su cuerpo, y más aún cuando ese modelo al que aspiramos es falso y/o manipulado por programas de diseño. Pero a veces este sentimiento crece al punto de volverse incontrolable por nosotres mismes sin ayuda externa.

Y todo esto lo digo yo que tranquilamente podría ser leído como alguien con “problemas de gente flaca”. Yo que alguna vez recibí preguntas de la índole: ¿sos flaco por el sida? A mí que de chico me llevaban constantemente a médicos que me ayudaran a engordar porque mi delgadez “seguro era una enfermedad”. Y sin embargo mis 54 kilos ni se comparan a los desafíos que enfrenta una persona gorda en estos temas.

Sería fabuloso cerrar esta columna de opinión diciendo que el cuerpo válido es el de cada une. Pero es muy difícil cuando los estereotipos se imponen y naturalizan. No alcanza con atacar a las representaciones sino también repensar nuestros consumos.  La manera de cerrar este texto creo que son las palabras de la militante del #AmorPropio y activista #Bodypositive Agus Cabaleiro (@onlinemami_) que un post reciente dice: “Sos igual de válidx como persona tengas el cuerpo que tengas y atravieses el cambio que sea. Te mando amor y sabé que no estás solx, nos estamos enfrentando a la gordofobia todxs juntxs”. Fuente: Agencia Presentes