Dios mìo, me enamorè de mi jefa

Aquella mañana frìa de otoño, lleguè a la oficina. Habìa mucho revoluciòn y cambio. Las cuestiones polìticas que suelen someter a las empresas nos anunciaban ciertos miedos e inseguridades.


«Nuevas autoridades»  Me digeron y pronto fui puesta en conocimiento que tendrìamos otra jefa.
Adaptarnos a la posibilidad de entrar en un terrero diferente, con gente distinta, ya me predisponìa a pensar que, si èsto se tornaba intolerable, yo , con el tiempo, deberìa renunciar.
De pronto apareciò ella. Llevaba consigo, cierto despotismo en la mirada, tìpica de las mujeres empresarias que hacen derroche de palabras manifestando vivir en la era de los recursos humanos y llevan una vida holgada de tremenda incomprensiòn.
Su autoridad era un enorme ego que se desvordaba por toda la oficina. Un gesto de desprecio observaba por todos los rincones.
» Quiero este florero asì. Còrralo para allà. Este escritorio no es de mi gusto. Prefiero la madera al laqueado…»
En fin, pronto el ambiente se transformò insoportable y todos odiamos a aquella mujer.
Ella tomò asiento en su lugar y criticò los cuadros, luego me mirò, me acerquè y me presentè. Sus ojos y su aire se enterraron en los mios.
A decir verdad, presentì que ella podìa ser del ambiente porque su mirada era muy particular pero, no me quise ilusionar. Una sufre tanto con las apariencias que engañan. Entonces pensè «Debìa ser sòlo una alucinaciòn» Y no seguì màs hacièndome ilusiones.
Era hermosa, intelectual, inteligente, aunque segùn me habìan comentado, desconfiada y algo traicionera.
No es sòlo un mito que la mujer es el demonio encarnado en la piel de un àngel.
«La gente habla por hablar» Pensè y ya comencè , dentro de mi, a buscar una salida para su defensa porque era evidente que, con los dìas, habìa comenzado a gustarme considerablemente.

Simonìn

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